
Han pasado varios meses desde que volví de mezclar las canciones del disco de Wild Honey. Tras dejar reposar todo un tiempo y decidir el orden de las canciones, Brad Jones supervisó el mastering que llevó a cabo Jim Demain en sus estudios Yes Master. A finales de diciembre me llegó a casa un bonito paquete con remite de Nashville que suponía el fin de la primera fase: tenía un disco grabado y era el momento de decidir qué hacer con él.
En estos meses he hablado con bastantes amigos y con gente de la industria discográfica buscando consejos sobre qué camino seguir ahora que tengo el disco bajo el brazo. Los dos tipos de discurso con los que me he ido encontrado son prácticamente antagónicos: el pesimista, que ve el modelo clásico herido de muerte porque la música ha perdido su valor al haber pasado a considerarse como algo gratis; y el optimista, que se centra en las puertas que se abren gracias a la distribución de música por internet, al acceso inmediato a la música, o a la democratización de la tecnología para grabar.
En lo que todo el mundo coincide es en que ha llegado un momento en el que apenas se venden discos (me cuentan que Múm han vendido en España dos copias de su último álbum. No me llegaron a aclarar si era un chiste o un dato real).


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